Cuando se presentó la oportunidad de participar en este gran certamen nacional, mi primera reacción fue un NO rotundo. Tan sólo la idea de subirse a un escenario no a divertirse, no a entregar emociones, no a compartir un montaje coreográfico sino a someterse a ser JUZGADA simplemente me hacía temblar.
¿Qué fue lo que cambio mi manera de pensar?? NADA!! Hasta el último momento aún estaba muerta de susto (no nerviosa, que es distinto) diciéndome a mí misma: “Da lo mejor de ti, independiente del premio, entrega el mejor show de tu vida”. Lo único diferente a más de un año de haber dicho que NO la primera vez, es que me fui preparando mentalmente para el asunto. Pensar no en que mi objetivo principal era la corona (en cierta parte sí, obvio, sino mejor no ir), más bien en querer una vitrina para mi naciente carrera como bailarina profesional. Algo que me impulse, algo que le de fuerza a mi escuela y respalde mi trabajo frente a los demás (porque pucha que cuesta que los demás crean en uno sin tener que sobreexponerse).
Y comenzamos con el drama. ¿Qué me pongo?, ¿Qué bailo?, ¿Quién será el jurado?, ¿Quiénes serán las demás participantes?... Uffff
Lo primero fue por supuesto saber quién era el jurado. Principalmente bailarinas con gusto por lo egipcio. Música? Obviamente algo egipcio clásico (digo, por el tipo de jurado, aunque siempre manteniendo mi estilo personal). Vestuario? Algo sencillo, pero elegante.
Meses de agonía jajaja hasta que logré encontrar el tema, quería hacer algo distinto, algo que me hiciera destacar no por técnica (que había de sobra en mis otras compañeras), no en vestuario (que a falta de presupuesto, na que hacer), sino en algo muy sencillo, ELEGANCIA. El tema? ANA BASTANAK. Un tema maravilloso y perfecto, con una entrada sutil y elegante y un cuerpo musical que no deja a nadie indiferente. El resto? Pura suerte……
Llegó el momento.
Cuando puse un pie el escenario ya no había vuelta atrás. Un escenario gigantesco, luces y música andando, las butacas rellenas y en primera fila… el GRAN JURADO.
Increíble fue mi sorpresa al someterme a ese estrés… pues no había estrés. Al contrario, una calma inmensa me invadió (puede haber sido culpa de la amigdalitis que me tuvo en cama hasta el día anterior jajaja). Un silencio en el público que acompañaba y se fundía perfectamente con el inicio de mi tema. Suave, intrigante, respetuoso, magnánimo. Cambio de ritmo y todos gritando y aplaudiendo (hasta el jurado). Supe entonces que había sido un éxito. No sabía si para corona o no, pero mi corazón estaba lleno y había ganado mi premio. Mientras bailaba sentía que flotaba en ese escenario, sentía que mis brazos sabían perfectamente que hacer y mis caderas cantaban junto a la música.
Fue, como me prometí, el mejor show de mi vida.
|